• Control de perros por el concejo de Betanzos en el siglo XIX

    6 noviembre 2012 • Blog

    Perro rabiosoLa mordedura de un perro rabioso a José Gondell Veiga, en 1887, había causado gran preocupación en la ciudad y en su contorno, y alarma que tendría repercusión en el ayuntamiento, hasta el punto de aprobarse medidas preventivas comprensibles en la mentalidad de la época y que bien podrían calificarse de bárbaras en nuestro tiempo.

    En la sesión municipal del 21 de noviembre de 1888, se aprobaba una libranza para el pago de una factura de chorizos de estricnina, que había encargado el alcalde Don César Sánchez San Martin, en los siguientes términos:

    “Diose cuenta de la rendida en catorce del actual por el Farmacéutico de este pueblo Don Carlos Castro Ares, importante setenta y dos pesetas, costo de ocho docenas de chorizos de estricnina, al respecto de nueve pesetas una, que confeccionó de orden del Señor Alcalde para propinar a perros bagabundos”. (Archivo Municipal de Betanzos. Caja 32, sin catalogar).

    Se concretaría el destino de dichos chorizos en la sesión municipal del 10 de febrero de 1890, al autorizarse el pago de 141.- pts al farmacéutico Don Francisco Lafont Lopez, por “ciento cincuenta y un embutidos“, que le habían sido encargados “para dar a los perros que transitan por las calles sin bozal”. (Ibidem).

    No cabe duda de que se trataba de una cuestión preocupante, a tenor de las actuaciones que fueron adoptadas en materia de vigilancia e indentificación de los perros existentes en la localidad. En el cabildo del concejo del 8 de octubre de 1890, se anunciaba la percepción de:

    “…setenta y cinco pesetas recaudadas igualmente en dicho primer trimestre de diversos dueños de perros por el arbitrio de cinco pesetas anuales que para atender el servicio de vigilancia de dichos animales se impuso sobre cada unos de éstos”. (Ibidem).

    Y transcurridos siete dias, la corporación ordenaba el pago de la factura librada por el hojalatero José María Blanco:

    “…importante dieciocho pesetas a que asciende la construcción de veinticuatro medallas que por encargo del Ilustre Ayuntamiento hizo para colocar a los perros, cuyos dueños satisfagan el arbitrio municipal que para atender el servicio de vigilancia de dichos animales se impuso…”. (Ibidem).

    En el entretanto, la casa consistorial era receptora de peticiones de ayuda para aliviar las consecuencias de los ataques de perros rabiosos. En la sesión del 20 de agosto de 1890, constaba en el orden del día y fue causa de debate la solicitud formulada por un vecino cuyo marrano había sido atacado por uno de ellos:

    “Dado cuenta de una instancia de Juan Martinez vecino de esta ciudad en súplica de que se le conceda por este Ayuntamiento algun socorro, en atención a que por orden de la autoridad local tubiera que quemar un cerdo que habia sido mordido por un perro hidrófilo” (Ibidem).

    Sería unánime el acuerdo de no resolver el asunto y petición antecedente mientras “…no se averigue (sic) sitio, dia y hora en que dicho animal fue mordido…”. Una resolución un tanto extraña si efectivamente había sido quemado el animal por orden de la autoridad, como señalaba en su instancia. De cualquier manera, la pérdida del puerco le prometía a su dueño un invierno de liviana olla.

    La falta de atención médica especializada en nuestro país había llevado al Sr. Gondell a París, para ser atendido por el Dr. Pasteur. Otro caso de idéntico origen tendría lugar en el verano de 1898, y por su singularidad también quedaría reflejado en las actas del 30 de Junio:

    “Por último se manifestó por el Sr. Alcalde Presidente que en veintisiete del actual se le había presentado Ramona Gomez, esposa de Felipe Veiga Lamas vecina del lugar de la Angustia, parroquia de San Pedro das Viñas en este termino municipal , pretendiendo se le instruyese , como tubo efecto, el oportuno espediente para poder trasladarse con su hijo Manuel , de tres años de edad, que habia sido mordido en diecinueve del propio mes por un perro rabioso para ser sometido al tratamiento preventivo de la rabia en el Instituto de vacunación anti-rrabica de Pontevedra, y… carecen de toda clase de recursos… habia acordado se le socorriere por cuenta de fondos municipales, con la suma de ochenta y una pesetas, que suponía le costaría el viaje de ida y vuelta por ferrocarril y la estancia en Pontevedra, lo que crehia procedente poner en conocimiento de la Corporación.

    Y esta en su vista por unanimidad acordó aprobar todo lo hecho por el Sr. Alcalde, y que se formalice el pago de las ochenta y una pesetas… con cargo al capitulo once de imprevistos…” (Ibidem. Caja 35, sin catalogar).

    Menos mal que la salvación del pequeño Manuel se encontraba en Pontevedra, a once años vista de que el Sr. Gondell tuviera que trasladarse a París con el mismo objeto, merced a los adelantos de la ciencia que debemos al sabio Dr. Pasteur.