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Periódico "Betanzos e a súa comarca". Marzo 2001. Contraportada | |
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El transporte de mercadurías con destino a Castilla y otros lugares mas allá de Piedrafita, era poco menos que una exclusiva de los arrieros y trajinantes. Los arrieros se habían ganado el prestigio que disfrutaban, al igual que los maragatos, por su honradez y ética profesional, al tiempo de ser respetados tanto en su persona como en la carga de sus recuas, de manera que cualquier ataque contra su integridad, lo era contra el conjunto de profesionales, modus vivendi recogido en el refranero "Arrieros somos, en el camino nos encontraremos", un principio de defensa mutua hasta las últimas consecuencias, y una realidad que les permitía garantizar el buen fin de sus compromisos. Esto cuasi que monopolio del transporte, convertía en intrusos a los particulares que, desde tierras lejanas, se aventuraban a transitar por aquellos duros caminos con mercancías para consumo propio. Una conducción que, por desconocimiento de las personas, era propensa a la desconfianza, aún en el caso de contar con pasaporte de viaje o cédula de tránsito, cuya difícil comprobación en el tiempo conllevaba la pérdida de los artículos perecederos, provocaba dispendios y convertía en aventura el simple acopio y transporte de alimentos por medios propios. El primero de Julio de 1579, celebrándose la tradicional feria, discurrían por El Campo un par de villafranquinos, ambos Martin de nombre, con ocho cargas de Rayas para consumo propio. El viaje se vio interrumpido por mandato del Teniente de Corregidor, a la sazón el licenciado Aller, quien ordena la retención del pescado y su entrega para depósito y custodia del ollero Manuel Fernández, actitud que obliga a los afectados a procurar el levantamiento de un acta ante escribano, con el fin de reclamar daños y perjuicios por la obstrucción padecida. El documento fue redactado de la siguiente manera:
Una contrariedad de la que podrían haberse librado, si el transporte lo hubieran facturado a través de un arriero. |